Irán negocia su programa nuclear con EE UU mientras azuza el fantasma del bloqueo de Ormuz

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La llegada del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a Ginebra marca el inicio de una nueva fase de conversaciones nucleares indirectas entre Irán y EE UU, con mediación de Omán. El objetivo formal es reactivar un acuerdo que limite el programa nuclear iraní a cambio de alivio de sanciones, pero el contexto estratégico es mucho más complejo.

Mientras los equipos diplomáticos preparan reuniones técnicas con el director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), las posiciones siguen alejadas en cuestiones clave. Washington pretende incluir el programa de misiles balísticos y la red de aliados regionales de Teherán en el paquete negociador, algo que la República Islámica rechaza.

La incertidumbre se concentra especialmente en el destino de las reservas iraníes de uranio enriquecido al 60 %, un nivel cercano al umbral técnico necesario para fabricar armamento nuclear, aunque Irán insiste en que su programa tiene fines exclusivamente civiles.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha afirmado que la vía diplomática sigue siendo la opción preferida de la administración estadounidense, alineada con la posición del presidente Donald Trump, quien ha reiterado que prefiere un acuerdo negociado, aunque mantiene abiertas todas las alternativas si las conversaciones fracasan.

La estrategia estadounidense implica la negociación con presión militar y económica. El despliegue de fuerzas navales adicionales en Oriente Próximo y los esfuerzos para reducir las exportaciones petroleras iraníes forman parte de un enfoque que busca fortalecer la posición negociadora de Washington.

Sin embargo, el propio presidente ha enviado señales contradictorias al sugerir recientemente que un cambio de régimen en Irán podría ser “lo mejor” para la región, declaraciones que alimentan la desconfianza de Teherán sobre la verdadera intención de las conversaciones.

Maniobras militares en el estrecho de Ormuz

En paralelo al proceso diplomático, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha iniciado ejercicios militares en el Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial.

Las maniobras, supervisadas por el mando militar iraní, buscan demostrar capacidad de respuesta ante “potenciales amenazas militares y de seguridad”, en clara alusión al despliegue naval estadounidense en la región. Aunque Irán ha amenazado en diversas ocasiones con bloquear el paso marítimo en caso de conflicto, nunca ha llevado a cabo esa medida, consciente del enorme impacto económico global que tendría.

La coincidencia temporal entre las negociaciones y los ejercicios militares no es casual. Responde a una lógica habitual en la política exterior iraní, la de negociar desde una posición de fuerza, mostrando capacidad de disuasión mientras se mantienen abiertas las puertas del diálogo.

Un equilibrio frágil entre acuerdo y escalada

Las conversaciones de Ginebra se desarrollan en un contexto de tensiones acumuladas tras los ataques a instalaciones nucleares iraníes y el deterioro del acuerdo nuclear de 2015, del que EE UU se retiró en 2018. Desde entonces, el proceso diplomático ha oscilado entre avances puntuales y crisis recurrentes.

Hoy, ambas partes parecen compartir un interés pragmático en evitar una confrontación directa. Estados Unidos busca impedir la proliferación nuclear en Oriente Próximo, mientras Irán necesita alivio económico y estabilidad comercial. Sin embargo, las diferencias sobre el alcance del acuerdo —enriquecimiento de uranio, misiles y política regional— siguen siendo profundas.

La simultaneidad de negociaciones diplomáticas y demostraciones militares resume el momento actual. Ninguna de las partes quiere renunciar al diálogo, pero tampoco está dispuesta a negociar desde la debilidad. En ese delicado equilibrio se juega el futuro del programa nuclear iraní y, en buena medida, la estabilidad estratégica de toda la región. @mundiario