El retroceso global contra la corrupción pone en jaque a las democracias consolidadas

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La corrupción suele imaginarse como un problema ajeno, asociado a Estados frágiles o gobiernos autoritarios. Sin embargo, el último Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional rompe esa cómoda narrativa. Por primera vez en más de una década, la puntuación media mundial cae y lo hace en un contexto especialmente inquietante: también retroceden países que históricamente se presentaban como referentes institucionales.

El índice mide la percepción de la corrupción en el sector público, es decir, cómo expertos y actores económicos valoran el uso indebido del poder para beneficio privado. No es una encuesta de rumores, sino un termómetro que refleja hasta qué punto las reglas se aplican, las instituciones funcionan y los controles existen de verdad. Que la media global haya descendido hasta los 42 puntos sobre 100 no es una anécdota estadística, es una señal de alarma.

Democracias que pierden el pulso institucional

El dato más revelador no está solo en los países con puntuaciones muy bajas, sino en el desgaste de democracias consolidadas. Estados Unidos registra su peor resultado histórico, mientras Canadá, Francia, Reino Unido o Suecia también retroceden. España, con 55 puntos, se mantiene en una zona intermedia que refleja estabilidad aparente, pero también estancamiento.

¿Qué está pasando? La corrupción no siempre se manifiesta en sobres o maletines. A menudo adopta formas más sofisticadas: puertas giratorias, captura de reguladores, falta de controles efectivos o una justicia lenta cuando el poder está implicado. Cuando el liderazgo político renuncia a priorizar la integridad institucional, la corrupción no necesita avanzar a golpes, le basta con el silencio y la inacción.

El precio de reducir el espacio cívico

Otro patrón preocupante es la relación directa entre corrupción y debilitamiento del espacio cívico. Allí donde se restringe la libertad de prensa, se limita la protesta o se intimida a la sociedad civil, la corrupción encuentra terreno fértil. No es casualidad que muchos países con fuertes retrocesos hayan endurecido las reglas contra periodistas, activistas y denunciantes.

Las protestas lideradas por jóvenes en países como Serbia o Perú son una reacción lógica. Cuando una generación percibe que el sistema no ofrece servicios públicos de calidad ni oportunidades reales, y que además el poder se protege a sí mismo, la desconfianza se convierte en movilización. Es la señal de que algo esencial se ha roto.

Combatir la corrupción es reforzar la democracia

La corrupción no es solo un problema moral, es un fallo estructural que erosiona la democracia desde dentro. Reduce la calidad de los servicios públicos, distorsiona la economía y debilita la confianza ciudadana. Combatirla exige algo más que discursos: instituciones independientes, controles eficaces y una sociedad civil libre para vigilar al poder.

El informe de Transparencia Internacional recuerda que existe una hoja de ruta clara. No se trata de inventar soluciones, sino de aplicarlas con convicción. Cuando el liderazgo político se diluye, la corrupción avanza como la humedad en una casa mal cuidada, lenta pero imparable. Frenarla no es una cuestión ideológica, es una condición básica para garantizar un futuro más justo y funcional para la ciudadanía. @mundiario