La llegada del presidente de Israel, Isaac Herzog, a Australia no ha sido un simple acto diplomático. Ha funcionado como una grieta por la que se han colado emociones acumuladas, miedos recientes y un conflicto lejano que, sin embargo, pesa como una losa en la conciencia global. Las protestas registradas en Sídney y Melbourne, con al menos 27 personas detenidas, no pueden leerse solo como un problema de orden público. Son también el síntoma de una guerra que ya no se queda en Oriente Próximo y que interpela a las democracias occidentales sobre cómo gestionar la disidencia sin traicionar sus propios valores.
Australia aún estaba digiriendo el atentado de Bondi Beach de diciembre, en el que murieron 15 personas durante una celebración judía, cuando la visita de Herzog volvió a tensar el ambiente. Para parte de la comunidad judía, su presencia simboliza apoyo y consuelo. Para muchos manifestantes, en cambio, representa a un Estado al que responsabilizan de la devastación de Gaza. Dos dolores distintos que chocan en el mismo espacio público.
Thousands gathered across Australia to protest the visit of Israeli President Isaac Herzog amid anger over Gaza. Herzog is on a multi-city trip aimed at expressing solidarity with Australia’s Jewish community following a deadly mass shooting last year https://t.co/SGy2plPrQv pic.twitter.com/Nn84vMcMv6
— Reuters (@Reuters) February 9, 2026
La protesta y sus límites
El primer ministro Anthony Albanese ha insistido en una idea que resume bien el dilema australiano. La ciudadanía quiere que cesen las matanzas, tanto de israelíes como de palestinos, pero no desea que el conflicto se importe a casa. El problema es que las guerras actuales viajan rápido, no en aviones oficiales, sino en imágenes, redes sociales y discursos que atraviesan fronteras sin pasar por aduanas.
Las protestas, incluso las más duras en sus consignas, forman parte del paisaje democrático. Cuestionar la política de un Estado extranjero no equivale a atacar a una comunidad religiosa, aunque a veces esa línea se vuelva difusa y peligrosa. De ahí la responsabilidad de quienes convocan marchas, pero también de quienes deben protegerlas. Las denuncias de Amnistía Internacional sobre el uso desproporcionado de la fuerza policial obligan a una reflexión incómoda. Cuando la policía actúa como un martillo, todo empieza a parecer un clavo, incluidos periodistas y manifestantes pacíficos.
Seguridad, memoria y democracia
Las autoridades defienden que actuaron para evitar el caos y proteger zonas restringidas. Es un argumento comprensible en un contexto de alerta tras un atentado reciente. Pero la seguridad no puede convertirse en una excusa automática para silenciar la protesta. Una democracia madura se mide precisamente en esos momentos incómodos, cuando la calle grita y el poder debe decidir si escucha o solo contiene.
La visita de Herzog ha puesto sobre la mesa una pregunta de fondo. ¿Cómo se honra a las víctimas del terrorismo sin cerrar los ojos ante el sufrimiento de otros pueblos? Negar el dolor judío en Australia es injusto. Ignorar lo que ocurre en Gaza también lo es. Como en una balanza mal calibrada, cualquier exceso termina rompiendo el equilibrio.
Australia tiene ahora la oportunidad de ajustar ese peso con diálogo, transparencia y respeto a los derechos civiles. No para importar una guerra, sino para demostrar que, incluso cuando el mundo arde, la democracia puede seguir siendo un lugar habitable. @mundiario






