La crisis política derivada del escándalo que salpica al Gobierno británico ha provocado una de las sacudidas institucionales más críticas del mandato del primer ministro Keir Starmer.
La destitución del secretario de gabinete Chris Wormald, el funcionario de mayor rango dentro de la Administración pública del Reino Unido, refleja la magnitud del impacto que el caso vinculado al exembajador Peter Mandelson y sus nexos con el financiero Jeffrey Epstein ha tenido sobre la estabilidad del Ejecutivo.
La salida de Wormald, anunciada oficialmente como una decisión tomada “de mutuo acuerdo”, se produce apenas 14 meses después de asumir el cargo, un periodo inusualmente breve para un puesto que históricamente se prolonga entre cinco y diez años. El secretario de gabinete no solo es el principal asesor del primer ministro en cuestiones legales y administrativas, sino también el garante del cumplimiento ético en los nombramientos políticos y el enlace entre los ministerios y la alta función pública.
Su cese, por tanto, trasciende el ámbito burocrático y se interpreta como un movimiento estratégico dentro de la crisis gubernamental.
El detonante político de esta reestructuración se encuentra en el escándalo relacionado con el nombramiento de Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, una decisión que reavivó la controversia sobre sus vínculos con Epstein y que resultó en un golpe fatal cuando el Departamento de Justicia estadounidense publicó documentos clasificados en los que se sugería que Mandelson había filtrado información sensible del Gobierno al agresor sexual cuando aún era ministro en 2009.
Aunque la destitución de Wormald no se vincula directamente con esas relaciones, los medios británicos señalan que Starmer perdió confianza en su capacidad para gestionar el proceso que permitió la aprobación del nombramiento y para impulsar reformas dentro de la Administración civil. La situación se agravó por la presión mediática y parlamentaria que cuestionó la gestión del primer ministro frente al escándalo.
La reacción política no tardó en intensificarse. Sectores de la oposición y parte del propio Partido Laborista interpretaron el cese como un intento de trasladar responsabilidades hacia los funcionarios para proteger el liderazgo político. La líder conservadora Kemi Badenoch llegó a afirmar que el secretario de gabinete se había convertido en “la última persona a la que Keir Starmer ha arrojado bajo el autobús para salvar su propia piel”.
La crisis ha tenido un efecto dominó dentro del núcleo de Downing Street. En los días previos a la destitución de Wormald, el primer ministro ya había perdido a su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, y a su director de comunicaciones, Tim Allan, ambos señalados como figuras clave en la gestión del escándalo Mandelson. Esta sucesión de dimisiones ha alimentado la percepción de inestabilidad en el equipo más cercano al primer ministro y ha debilitado su posición interna dentro del Partido Laborista.
Como parte de la reorganización, todo apunta a que Antonia Romeo, actual secretaria permanente del Ministerio del Interior, asumirá el cargo, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar esta responsabilidad. Su posible nombramiento responde tanto a criterios técnicos como políticos, ya que permitiría reforzar la imagen de renovación institucional en un momento en que el Gobierno enfrenta críticas por la gestión del escándalo y por la falta de sensibilidad hacia las víctimas vinculadas al caso Epstein.
La destitución refleja tensiones estructurales entre el liderazgo político y el funcionamiento tradicional del Civil Service británico. Starmer habría considerado que Wormald mantenía un enfoque excesivamente formalista para impulsar las reformas que el Ejecutivo laborista pretende aplicar.
El contexto electoral añade otra dimensión a la crisis. Con elecciones municipales y autonómicas en Escocia y Gales previstas en el corto plazo, los sondeos anticipan un escenario complejo para el Partido Laborista, lo que incrementa la presión sobre el liderazgo de Starmer. La sucesión de ceses en puestos clave del Gobierno alimenta la percepción de fragilidad política, aunque, por el momento, la falta de rivales sólidos dentro del partido ha permitido al primer ministro mantener su posición. @mundiario





