La crisis política que atraviesa el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, ha escalado a un nivel crítico tras la irrupción pública de voces de peso dentro del Partido Laborista que reclaman su dimisión. La polémica generada por el nombramiento como embajador del veterano dirigente Peter Mandelson, vinculado indirectamente al caso Epstein, ha articulado una rebelión interna que amenaza con debilitar seriamente la estabilidad del Gobierno británico.
A esta presión se suma la reciente salida de dos figuras clave del entorno de Downing Street, lo que ha dejado al mandatario en una posición más vulnerable frente a las críticas internas y externas.
El detonante más visible de esta nueva fase de la crisis ha sido la intervención del líder laborista en Escocia, Anas Sarwar, quien ha pedido públicamente la renuncia de Starmer. Sarwar afirmó que habían “demasiados errores” por parte del número 10 desde que Starmer llegó al poder y que, aunque el primer ministro era un “hombre decente”, estaba socavando la capacidad de los laboristas para ganar las elecciones al Parlamento escocés en mayo.
Su posicionamiento marca un punto de inflexión porque, hasta ahora, las críticas más duras procedían de sectores ideológicos más distantes del núcleo del partido. Sarwar justificó su postura en términos estratégicos, al considerar que la caída de popularidad del primer ministro amenaza las opciones electorales del laborismo en Escocia, donde el partido intenta recuperar terreno frente al Partido Nacional Escocés (SNP).
La presión sobre Starmer se ha intensificado tras las dimisiones consecutivas de su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, y del director de comunicación, Tim Allan, en un periodo inferior a 24 horas. McSweeney asumió la responsabilidad política por haber impulsado el nombramiento de Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, una decisión que posteriormente se convirtió en el epicentro de la controversia.
Allan, por su parte, había sido incorporado con el objetivo de reforzar la estrategia comunicativa del Gobierno, pero su salida repentina ha alimentado la percepción de desorganización interna en Downing Street.
El origen del escándalo se remonta a las revelaciones relacionadas con la relación entre Mandelson y Jeffrey Epstein. La publicación de nuevos documentos sobre el financiero por parte del Departamento de Justicia de EE UU reavivó las críticas hacia el veterano político laborista, ya que sugerían que mantuvo vínculos con Epstein incluso después de la condena del empresario por delitos sexuales y que filtró información del Gobierno británico al pederasta.
Estas revelaciones generaron cuestionamientos sobre la capacidad de juicio político de Starmer, quien reconoció públicamente haber cometido un error al designar a Mandelson, aunque defendió que su decisión se basó en la experiencia diplomática y la influencia internacional del dirigente.
En paralelo a la rebelión interna, varios ministros del gabinete han salido públicamente en defensa del primer ministro, subrayando la necesidad de estabilidad institucional en un momento de desafíos económicos y sociales.
Figuras relevantes del Ejecutivo han respaldado su continuidad y argumentado que Starmer ha asumido su responsabilidad política al pedir disculpas por el nombramiento fallido. Este respaldo evidencia una división estratégica dentro del partido, donde parte de la dirección apuesta por cerrar filas para evitar una crisis gubernamental mayor.
Scottish Labour leader Anas Sarwar calls for UK Prime Minister Keir Starmer to resign during a press conference in Glasgow, becoming the most senior politician in Starmer’s ruling Labour party to demand he step down. pic.twitter.com/c75qcSf0le
— Al Arabiya English (@AlArabiya_Eng) February 9, 2026
La situación se complica por el contexto electoral que afronta el laborismo en distintos territorios del Reino Unido. Las encuestas reflejan un deterioro del apoyo al partido en Escocia y Gales, lo que ha incrementado la preocupación entre los dirigentes regionales. En el caso escocés, la proximidad de elecciones parlamentarias ha impulsado a Sarwar a priorizar la agenda local, temiendo que el desgaste del Gobierno central perjudique sus aspiraciones de recuperar el poder frente al SNP.
Otro factor que condiciona el futuro político de Starmer es la falta de un sucesor claro dentro del partido. Algunos nombres han surgido como posibles alternativas, pero ninguno reúne actualmente el consenso suficiente entre los diputados laboristas. Además, el sistema parlamentario británico permite la sustitución del primer ministro sin necesidad de convocar elecciones generales, siempre que el partido gobernante elija un nuevo líder, lo que añade presión a la estabilidad del liderazgo.
Históricamente, el Partido Laborista ha mostrado mayor resistencia a destituir a un líder en ejercicio en comparación con el Partido Conservador, donde los cambios de liderazgo han sido más frecuentes. Para desafiar formalmente a Starmer, un candidato necesitaría el respaldo de al menos el 20 % de los diputados laboristas, un umbral que hasta ahora ningún aspirante parece haber alcanzado. Esta circunstancia otorga al primer ministro un margen temporal para reorganizar su equipo y tratar de recuperar la confianza interna.
Aunque Starmer mantiene el respaldo de una parte significativa del gabinete y no existe aún un rival consolidado, el aumento del descontento interno y la presión electoral convierten su continuidad en un escenario incierto. @mundiario





