La Unión Europea afronta una discusión estratégica sobre su futuro económico en un contexto de presión geopolítica creciente por parte de EE UU y China. En ese marco, el retiro informal de líderes en Bélgica ha cristalizado un enfrentamiento político de fondo entre la visión federalista e inversora de Francia frente al enfoque liberalizador y pragmático del nuevo eje Berlín-Roma.
El presidente francés, Emmanuel Macron, ha puesto sobre la mesa una de las propuestas más divisivas con la emisión de eurobonos para financiar inversiones estratégicas estimadas entre 750.000 y 800.000 millones de euros anuales, según el informe de Mario Draghi sobre competitividad. Para el mandatario gal, la UE libra “tres batallas decisivas” en defensa, transición ecológica e inteligencia artificial. Y advierte de que, sin una reacción contundente en los próximos años, Europa quedará rezagada.
Alemania, ahora bajo el liderazgo del democristiano Friedrich Merz, e Italia, encabezada por la conservadora radical Giorgia Meloni, discrepan. Consideran que el problema central no es la falta de deuda conjunta, sino la baja productividad y el exceso regulatorio que lastra la competitividad continental.
La discusión sobre competitividad es, además, una disputa sobre liderazgo y modelo de gobernanza europea. Francia apuesta por más capacidad fiscal común y soberanía industrial compartida. Alemania e Italia priorizan disciplina, desregulación y mercado de capitales.
El eje Berlín-Roma gana peso
La coordinación entre Berlín y Roma ha sido explícita. Ambos gobiernos distribuyeron un documento conjunto que aboga por:
- Simplificación drástica de normas europeas.
- Retirada o revisión de iniciativas regulatorias consideradas gravosas.
- Creación de una bolsa paneuropea y un mercado secundario común.
- Impulso al capital riesgo y mejora de las salidas para inversores.
También plantean un “freno de emergencia” legislativo si una norma genera cargas administrativas excesivas. Este enfoque apunta a reforzar el papel del Consejo Europeo —es decir, de los Estados— en detrimento de la centralidad tradicional de la Comisión.
El nuevo entendimiento ha sido bautizado en algunos círculos como “Merzoni”, símbolo de una sintonía política que podría desplazar el histórico eje francoalemán como motor del bloque.
Eurobonos: línea roja alemana
La propuesta francesa de mutualizar deuda vuelve a abrir una fractura clásica. Alemania, respaldada tradicionalmente por los países nórdicos y Países Bajos, se resiste a repetir el esquema de endeudamiento conjunto que financió el fondo de recuperación postpandemia.
Desde Berlín se subraya que recurrir de nuevo a deuda común “distrae” del debate estructural sobre productividad. Sin embargo, el precedente del apoyo financiero a Ucrania a finales de 2025 demuestra que la UE puede flexibilizar sus posiciones cuando la presión política lo exige. En aquella oportunidad, los Veintisiete se enfrascaron en largas conversaciones para aprobar el uso de los activos rusos congelados por la guerra, en su mayoría alojados en Bélgica, como créditos millonarios en una suerte de salvavidas financiero para Kiev.
Macron, debilitado en el plano interno frente a la mayor estabilidad parlamentaria de Merz y Meloni, intenta recuperar iniciativa europea alineándose con la visión de Draghi de un “federalismo pragmático” que permita avanzar incluso sin unanimidad plena.
Preferencia europea y Mercosur: otra grieta abierta
Otro punto de fricción es la llamada política de “preferencia europea” en contratación pública. Francia defiende priorizar productos con contenido comunitario en sectores estratégicos como defensa, acero verde, automoción o tecnologías limpias, ante lo que considera competencia desleal global, principalmente de China.
Alemania e Italia aceptan el principio, pero con condiciones estrictas en la limitación temporal, aplicación restringida y apertura a países socios con acuerdos de libre comercio. Los países nórdicos y bálticos advierten que una preferencia excesiva podría frenar inversiones y acceso a tecnología puntera.
El acuerdo comercial con Mercosur supone otro foco de tensión. Francia mantiene su oposición por su presunto impacto sobre el sector agrícola pese a las ingentes salvaguardas y ayudas a los agricultores, mientras Berlín y Roma respaldan su implementación provisional para crear la mayor zona de libre comercio del mundo.
¿Más integración o Europa a varias velocidades?
La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha evitado respaldar explícitamente los eurobonos y ha insistido en profundizar el mercado único y reducir trabas regulatorias. También ha recordado la posibilidad de recurrir a mecanismos de cooperación reforzada, permitiendo avanzar a un grupo de Estados sin unanimidad total.
Ese escenario alimenta el debate sobre una Europa a diferentes velocidades, es decir, una integración selectiva que permita desbloquear reformas, pero que también podría consolidar fragmentaciones internas.
Los ex primeros ministros italianos, Mario Draghi y Enrico Letta, presentes en parte de los debates, insisten en que el tiempo de los diagnósticos ha terminado. La cuestión ya no es identificar problemas, sino decidir qué modelo de integración adoptará la UE. @mundiario









