La Unión Europea se mueve sobre una cuerda floja. Durante años definió a China como “socio, competidor y rival sistémico”, una fórmula que reflejaba una relación compleja pero estable bajo el paraguas atlántico. Hoy, ese equilibrio se tambalea. La hostilidad comercial de Washington y la imprevisibilidad estratégica de la Casa Blanca han obligado a varias capitales a replantear su hoja de ruta hacia el gigante asiático.
El detonante es claro: el endurecimiento del discurso y de las medidas proteccionistas de Trump ha dejado a Europa en una posición incómoda. Si incluso Washington ha buscado canales de entendimiento con Pekín en determinados momentos, ¿puede Bruselas permitirse un enfrentamiento simultáneo con ambas potencias? Esa es la pregunta que recorre despachos en Berlín, Madrid o París.
Sin embargo, el acercamiento no es uniforme. Las instituciones comunitarias, bajo el liderazgo de Ursula von der Leyen, mantienen un tono firme respecto a los subsidios industriales chinos, las barreras de acceso al mercado y el papel de Pekín en la guerra de Ucrania. El respaldo estratégico chino a Moscú sigue siendo una línea roja para varios Estados miembros, especialmente en el flanco oriental.
El factor alemán
La clave del posible giro está en Alemania. El canciller Friedrich Merz viaja a Pekín acompañado por una potente delegación empresarial en un momento en que la locomotora industrial europea pierde competitividad. Automoción, química y maquinaria —la columna vertebral exportadora— sienten la presión de la competencia china y del encarecimiento energético derivado de la guerra en Ucrania.
El temor a una desindustrialización real ya no es retórica sindical. Las cifras del déficit comercial con China, que ronda los 360.000 millones de euros, reflejan un desequilibrio estructural. A ello se suma el riesgo de que la sobrecapacidad productiva china, exacerbada por los aranceles estadounidenses, se redirija masivamente hacia el mercado europeo.
Merz busca una “asociación estratégica” que evite una espiral de represalias. Pero el tono será matizado: cooperación sí, ingenuidad no. Alemania sabe que cualquier señal de debilidad puede traducirse en mayor dependencia tecnológica o en pérdida de tejido industrial.
El pulso del coche eléctrico
El conflicto por el vehículo eléctrico simboliza el momento actual. Tras la imposición de aranceles europeos a los automóviles chinos subvencionados, Pekín respondió con medidas contra productos agroalimentarios y bebidas europeas. Más tarde, la amenaza de restringir la exportación de tierras raras —materiales esenciales para la transición verde— elevó la tensión.
Recientemente, ambas partes han ensayado una desescalada técnica: Bruselas abrió la puerta a acuerdos de precios mínimos que permitirían reducir aranceles, mientras China suavizaba algunas represalias. El mensaje implícito es que el pragmatismo puede imponerse cuando los costes del choque son demasiado altos.
No todos en la UE comparten la misma visión. Países como España han defendido una relación más fluida con Pekín, argumentando que Europa necesita autonomía estratégica y diversificación comercial. Otros, más expuestos al conflicto en Ucrania o a la presión estadounidense, temen que un acercamiento precipitado debilite la cohesión transatlántica.
En paralelo, Estados Unidos observa con atención cada movimiento. La relación triangular condiciona cualquier paso: un giro excesivo hacia China podría tensar aún más el vínculo con Washington; un alineamiento acrítico con EE UU podría dañar la competitividad europea.
China, por su parte, atraviesa también un momento delicado. Aunque mantiene tasas de crecimiento cercanas al 5%, su economía acusa la debilidad de la demanda interna y la crisis inmobiliaria. El acceso al mercado europeo —450 millones de consumidores de alto poder adquisitivo— es una pieza clave para sostener su modelo exportador.
Un equilibrio inestable
El debate en Bruselas ya no es si hablar con China, sino cómo hacerlo sin comprometer intereses estratégicos. La industria europea exige protección frente a subsidios masivos; los defensores del multilateralismo reclaman diálogo para evitar una guerra comercial abierta; los gobiernos del Este recuerdan que la seguridad no es negociable.
Europa intenta redefinir su posición en un mundo donde las certezas del pasado se han evaporado. El giro pragmático hacia Pekín no implica una alianza, sino una gestión fría de intereses. Entre la presión de Washington y la pujanza de China, la UE busca un espacio propio que preserve su autonomía económica sin sacrificar sus principios ni su seguridad.
El resultado está lejos de decidirse. Pero una cosa parece clara: el tiempo del alineamiento automático ha terminado, y la política exterior europea entra en una fase de cálculo mucho más crudo y realista. @mundiario





