Unilateralismo punitivo

En el multiplicado antagonismo entre Estados Unidos y China se mezcla lo simbólico con lo significativo. Los frentes abiertos abarcan desde el comercio a la tecnología pasando por Hong Kong. A esta saga se suma ahora la orden de desmantelar el consulado de China en Houston por supuestas actividades de espionaje industrial y científico. Aunque con Donald Trump de por medio, todo huele a tongo. Es decir, pelea a cara de perro mientras por debajo de la mesa se pide a los chinos aumentar las compras de productos agrícolas americanos para que al presidente le salgan las cuentas electorales el próximo noviembre.

La Administración Trump viene aplicando en su interesadísima política hacia China lo que podría denominarse como unilateralismo punitivo. Un estéril pulso sin ganancia significativa alguna para Estados Unidos en términos económicos o geopolíticos. Un solitario alarde sin posibilidad de reequilibrar la relación con el gigante asiático, ya que la Casa Blanca con la arrogancia que caracteriza al nacional-populismo descarta por completo la cooperación con los tradicionales aliados americanos en Europa y Asia.

Una vez más se demuestra que la llamada «trampa de Tucídides» -que pronostica con todo el pesimismo del realismo político conflictos inevitables cuando potencias emergentes cuestionan el status quo- está envejeciendo bastante mal. En su lugar, estaría emergiendo el «virus de Tucídides». Un virus que genera sobredosis grotescas de nacionalismo y postureo pero no mucho más.

En Estados Unidos, la campaña de reelección de Trump pivota sobre China como culpable dolosa de la pandemia que en estos momentos se cobra diariamente la vida de 3.000 americanos. La Casa Blanca, con más oportunismo que evidencias, está forzando un relato para consumo doméstico sin otro fin que disimular la catastrófica gestión de la crisis del coronavirus por parte del presidente Trump.