Litvinenko, el espía cercano a Putin que murió envenenado por denunciar su corrupción

EL 23 de noviembre de 2006 Aleksander Litvinenko, exespía del KGB, moría en un hospital de Londres. Tres semanas antes, había comido en un restaurante con dos agentes de los servicios secretos rusos. Según las conclusiones de la investigación, ambos le hicieron ingerir una dosis de polonio-210, un material radiactivo que destruyó su organismo. Las pruebas eran incontestables porque se encontraron restos de esa sustancia en la casa y el coche de uno de los matones que le envenenaron antes de desaparecer.

Fue una venganza de Vladímir Putin y del Servicio Federal de Seguridad, que le habían condenado a muerte tras sus revelaciones y su huida a Gran Bretaña. El propio presidente ruso confirmó en 1999 que él había sido el responsable de su expulsión de los servicios secretos. Previamente, Litvinenko había denunciado públicamente que Putin le había dado la orden de asesinar al magnate Boris Berezovski. Tenía acceso a su círculo interno porque había sido su asesor y su jefe de seguridad durante varios años. Litvinenko quería hacer carrera en el Ejército, pero renunció a ello tras ser fichado por el KGB, que le destinó a una escuela de formación de elites. Fue enviado al servicio de contrainteligencia y, posteriormente, a una unidad de lucha contra el crimen organizado. Investigando la corrupción, descubrió los vínculos entre la mafia rusa y los dirigentes del régimen.

Decidió desertar en 2000. Huyó a Turquía y, desde allí, pidió asilo político a Estados Unidos, que se lo negó. Viajó a Londres, donde consiguió el amparo del Gobierno de Tony Blair. Según su esposa Marina, Litvinenko aceptó colaborar con el MI6 a cambio de un salario mensual de 2.000 libras. Dos años después de obtener el asilo en Gran Bretaña, Litvinenko contó que un antiguo compañero le advirtió de que los servicios secretos rusos habían planeado una operación para asesinarle. Era tan odiado que los alumnos de la organización de Seguridad hacían prácticas de tiro con su cara. Pero no se dejó intimidar y se convirtió en el azote de Putin. Denunció que el presidente había ordenado el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, tiroteada en su domicilio. Reveló que los servicios secretos tenían importantes conexiones con Al Qaida y que el KGB había protegido y financiado a terroristas como Carlos Ramírez «El Chacal». Acusó a sus antiguos jefes de ser responsables de la matanza de la escuela de Beslan. Y afirmó que los autores de la masacre del teatro de Moscú con un gas letal y otros atentados eran antiguos agentes al servicio de Putin. La gota que colmó el vaso se produjo cuando aseguró que el caudillo del Kremlin se lucraba del tráfico de drogas desde Afganistán gracias a su amistad con Dostum, un líder uzbeco aliado de la CIA. El régimen de Moscú no se quedó con los brazos cruzados. Orquestó una campaña de desprestigio contra Litvinenko y le tachó de traidor y chantajista. Incluso algún periodista le presentó con un instrumento de la venganza de Berezovski y una marioneta de la CIA.

Al día siguiente de su muerte, los amigos de Litvinenko hicieron pública una declaración jurada en la que el exespía culpaba a Putin de su asesinato, mientras la viuda corroboraba que había recibido amenazas de Moscú. Dos meses después, los medios revelaron que las pruebas de la Policía sobre su envenenamiento eran abrumadoras. La investigación localizó a dos agentes que se había desplazado a Londres para intoxicarle. El Gobierno británico no pudo pedir por razones legales la extradición de los ejecutores, que nunca pagaron por su crimen.