La paradoja de Fukuyama

Francis Fukuyama saltó al estrellato intelectual en 1992, en mitad de la vasta disrupción generada por el final de la Guerra Fría, con la publicación de «El fin de la Historia y el último hombre». En ese libro, tan comentado como mal leído, el politólogo americano planteaba el inevitable triunfo de la democracia liberal occidental como única opción posible para una sociedad moderna. Sin razón de ser para más luchas de clase, procesos revolucionarios o incluso conflictos armados.

El paso del tiempo (agravado por Putin, Xi Jinping y toda esa envalentonada ralea de sátrapas y populistas) no ha sido precisamente amable con ese sofisticado libro. Sin importar que su autor, al que tuve el privilegio de entrevistar en Washington, insistiera en graves amenazas como el nacionalismo o el fanatismo religioso para alcanzar ese «punto final de la evolución ideológica de la humanidad».

En estos días, también de enorme disrupción, Fukuyama vuelve a la carga en el último número de la revista Foreign Affairs explorando el orden político y la pandemia de coronavirus. La paradoja que le sirve como punto de partida es que no existe una correlación entre el tipo de régimen político (democracia o régimen autoritario) y el éxito-o-fracaso a la hora de gestionar el Covid-19.

A su juicio, los tres factores decisivos a la hora de proteger a ciudadanos y economías de los brutales efectos de la pandemia han sido: capacidad y competencia estatal, confianza social en el gobierno y efectivo liderazgo político. Por el contrario, la disfuncionalidad estatal, la polarización política y el liderazgo de reality show aseguran los peores resultados posibles. Por eso, China gana y EE.UU. pierde, junto a las formas más extremas del neoliberalismo.

Fukuyama considera que la subsecuente crisis económica va a ser larga y muy dura, salvo para gigantes tecnológicos llamados a beneficiarse de la proliferación de interacciones digitales. Como Kissinger, también cree que las consecuencias políticas pueden ser todavía más significativas que las económicas. Fukuyama tiene claro que hay que pagar un altísimo precio político. Su única duda es quién lo pagará.