Cui prodest?

La magnitud de la explosión registrada ayer en Beirut y el hecho de que se originase en un almacen de material muy explosivo exigen la mayor cautela a la hora de apuntar la hipótesis de un atentado terrorista, y privilegian en cambio la del accidente. No obstante, el hecho de que el gravísimo suceso de ayer, que hizo temblar a gran parte de la capital libanesa, haya tenido lugar en medio de las protestas que vive Beirut contra el Gobierno por la aguda crisis económica –la peor desde la guerra civil (1975-1990)–, y la cercanía de un veredicto político altamente explosivo, hacen inevitable la sospecha a la espera de que la investigación dé sus resultados.

Este viernes, un tribunal de la ONU dictaminará la culpabilidad de cuatro militantes de Hizbolá, el grupo armado chií libanés que respalda Irán, en el atentado que en 2005 costó la vida al exprimer ministro libanés Rafik Hariri con un ataque con explosivos. Hariri, que en aquel momento dirigía la oposición suní libanesa, se había pronunciado firmemente contra la presencia militar siria en el Líbano, que allí seguía impertérrita desde 1976. Poco después del asesinato del líder suní, las protestas masivas forzaron la dimisión del Gobierno y la retirada de las tropas de Damasco. Desde aquella fecha, la estrella de Hizbolá ha seguido un curso político descendente en un país marcado aún por la división sectaria y las cuotas de poder entre cristianos, drusos, musulmanes suníes y musulmanes chiíes, y un horizonte incierto y volátil por la crisis económica.

Cui prodest? ¿A quién podría beneficiar un atentado como el de ayer en Beirut, si se privilegiara finalmente la tesis del ataque terrorista? A nadie, y al mismo tiempo a muchos. A aquellos que creen que cuanto peor, mejor para sus intereses en las guerras en curso en la región.